Hay días en los que no has entrenado, no has hecho nada especialmente físico, y aun así llegas a la noche agotada. No es un cansancio de piernas ni de espalda. Es otro tipo de desgaste. Más silencioso, más difícil de explicar. Eso es, en muchos casos, carga mental.
Como entrenadora, lo veo constantemente en las mujeres que entrenan conmigo. Llegan diciendo que no tienen energía, que les cuesta concentrarse, que sienten que siempre van tarde, que no desconectan nunca. Y casi siempre, detrás de todo eso, no hay falta de forma física. Hay una cabeza que no para.
Por eso quería escribir este artículo. No para darte una definición de libro, sino para poner palabras a algo que muchas sentimos y pocas nombramos. Porque entender qué es la carga mental es el primer paso para empezar a soltarla.
Qué es la carga mental y por qué nos agota tanto
La carga mental no es solo “tener muchas cosas que hacer”. Es tener muchas cosas que pensar. Es llevar una lista invisible en la cabeza que nunca se borra: lo que hay que hacer hoy, lo que no puede olvidarse mañana, lo que depende de ti, lo que nadie más va a recordar si tú no lo haces.
Planificar, anticipar, decidir, organizar, recordar. Todo eso consume energía, aunque no se vea. Y lo más agotador es que la carga mental no se apaga cuando terminas una tarea. Sigue ahí, saltando de un tema a otro, incluso cuando te sientas cinco minutos en el sofá.
Muchas veces confundimos esta fatiga con falta de motivación o con pereza. Pero no lo es. Es desgaste cognitivo y emocional acumulado. Y cuando no se gestiona, acaba pasando factura al cuerpo: peor descanso, más ansiedad, menos ganas de moverte, más sensación de desbordamiento.
Por eso no sirve solo “organizarse mejor” o “echarle ganas”. La carga mental no se resuelve con fuerza de voluntad. Se resuelve entendiendo cómo funciona y aprendiendo a descargarla.
Por qué la carga mental afecta tanto a las mujeres
Aquí hay un patrón claro que se repite una y otra vez. La carga mental no se reparte de forma neutral. En la mayoría de los casos, recae de manera desproporcionada sobre las mujeres.
No hablo solo de tareas domésticas. Hablo de la responsabilidad de que todo funcione: acordarse de citas, prever necesidades, anticipar problemas, coordinar horarios, sostener lo emocional. Incluso cuando hay reparto de tareas, muchas veces el “control” y la supervisión siguen estando en la misma cabeza.
Esto genera una tensión constante de fondo. No es un pico puntual de estrés, es un estado sostenido. Y el cuerpo lo interpreta como tal. El sistema nervioso no distingue entre un peligro real y una sobrecarga prolongada de estímulos y decisiones. El resultado es un cuerpo en alerta permanente.
Desde fuera puede parecer que “no pasa nada grave”. Desde dentro, se vive como una fatiga que no se va durmiendo más horas o entrenando más fuerte.
Carga mental, estrés y cuerpo: cómo se conectan
Cuando la cabeza no descansa, el cuerpo tampoco. La carga mental mantiene activados los mismos mecanismos que el estrés crónico: más dificultad para relajarte, sueño ligero o poco reparador, digestiones peores, sensación de cansancio incluso al despertar.
En la práctica, yo lo veo así: una mujer puede estar “cumpliendo” con todo, pero por dentro va sin margen. Y entonces el cuerpo empieza a pasar factura de formas que a veces confundimos con falta de forma física.
Por ejemplo: te cuesta recuperarte entre sesiones, tienes agujetas que duran más de la cuenta, te notas irritable, te sientes más torpe o con menos chispa. En mi artículo sobre recuperación muscular hablo justamente de estas señales, porque muchas veces no es que “necesites apretar”, es que tu cuerpo está pidiendo ajuste.
Y cuando el estrés se prolonga, también se nota en cómo cambia el cuerpo. Si este tema te resuena, aquí lo explico con más detalle desde el punto de vista del día a día: barriga de cortisol: qué es, cómo afecta y cómo manejarla.
En este contexto, muchas mujeres llegan al entrenamiento pensando que el problema es físico. Que están flojas, que han perdido forma, que “antes podían con todo y ahora no”. Pero el cuerpo no está fallando. Está respondiendo a un exceso de demanda invisible.
Aquí es donde suelo insistir con mis alumnas: entrenar no es solo sumar estímulos. Si el sistema ya está saturado, añadir más presión —más sesiones, más intensidad, más exigencia— puede ser justo lo contrario de lo que necesitas.
Cómo empezar a descargar la carga mental (sin hacerlo perfecto)
No hay una fórmula mágica ni un checklist que lo arregle todo. La carga mental no se elimina de golpe, pero sí se puede reducir. Y casi siempre empieza por algo muy poco espectacular: hacerla visible.
Una herramienta sencilla que uso mucho (conmigo y con mis alumnas) es esta: durante 3 días, apunta en una nota del móvil dos listas.
Una lista: “cosas que he hecho”. Otra lista: “cosas que he sostenido en la cabeza”. Y aquí entra todo: recordatorios, decisiones, anticipaciones, preocupaciones, conversaciones pendientes, logística, gestión emocional. Cuando lo ves escrito, deja de parecer un “soy yo que no puedo” y se convierte en un mapa de carga real.
Luego viene lo más importante: decidir qué se queda contigo y qué no. No siempre puedes delegar, lo sé. Pero muchas veces sí puedes reducir: simplificar, negociar, quitarte capas de exigencia que has dado por normales durante años.
En el entrenamiento pasa algo parecido. Hay épocas para apretar y épocas para sostener. Y sostener también es entrenar. Ajustar expectativas, bajar volumen, priorizar descanso o movimiento suave no es rendirse. Es autorregulación.
Cuando una mujer empieza a entender su carga mental, deja de pelearse tanto con su cuerpo. Y eso, paradójicamente, suele ser lo que permite volver a recuperar energía.
Entrenar con carga mental cambiar el enfoque
Si estás atravesando una etapa de alta carga mental, el entrenamiento no debería ser otro frente de exigencia. Debería ser un espacio que te quite ruido, no que lo sume.
¿Qué significa esto en la práctica? Menos decisiones, menos complejidad, menos presión por hacerlo “perfecto”. Rutinas claras, objetivos realistas, margen para adaptar. A veces, lo más inteligente no es hacer más, sino hacer lo justo para sostenerte.
Por eso en la web tengo varios artículos pensados para mujeres con poco tiempo, precisamente para que el ejercicio encaje en tu vida y no al revés. Por ejemplo, si entrenar en casa es lo único viable ahora mismo, aquí tienes un buen punto de partida: entrenar desde casa: beneficios, consejos y rutinas. Y si lo que necesitas es fuerza sin complicarte, este también te puede ayudar: entrenamiento de fuerza en casa.
Lo veo cada día: cuando bajamos la autoexigencia, el cuerpo responde mejor. Cuando dejamos de forzar, aparece de nuevo la energía. No porque haya pasado algo mágico, sino porque el sistema por fin tiene espacio para respirar.
Una idea final para que esto no se convierta en otra obligación
La carga mental no se soluciona ignorándola ni empujando más fuerte. Se empieza a aliviar cuando la reconoces, la nombras y dejas de exigirte como si no existiera.
Y si ahora mismo te cuesta sostenerte sola con todo, para eso existen los acompañamientos. En mi caso, el entrenamiento online está pensado justo para mujeres que quieren entrenar sin añadir presión, con sesiones de 30 a 50 minutos y variedad de objetivos (fuerza, movilidad, cardio, consciencia corporal). Te lo explico aquí: entrenamiento personal online con Laura Banyoles.
