A ver si te suena la foto: estás cansada, duermes, pero te levantas agotada, vas todo el día a 1.000 y ya no respondes como antes. Entrenas de vez en cuando, comes «medio bien» pero aun así, no hay manera.
En las conversaciones con amigas y compañeras, cada vez vemos mal la palabra «cortisol». Y con ella, la pregunta inevitable: cómo bajar el cortisol sin volvernos locas ni añadir más exigencia a una vida que ya va bastante cargada.
Hoy quiero hablarte de esto desde un lugar muy práctico. Desde lo que veo cada día entrenando a mujeres reales, con trabajo, familia, poco tiempo y muchas ganas de cuidarse mejor.
Qué es el cortisol y por qué a veces se nos desajusta
El cortisol es una hormona necesaria. No es el enemigo. Nos ayuda a activarnos, a responder ante situaciones de estrés y a tener energía cuando la necesitamos.
El problema aparece cuando ese estado de alerta se mantiene demasiado tiempo.
Cuando vivimos siempre con prisa, durmiendo poco, comiendo mal o exigiéndonos más de la cuenta. Ahí el cuerpo no entiende de agendas ni de listas de tareas: solo interpreta que está en peligro.
Y cuando el cuerpo siente que vive en peligro constante, prioriza sobrevivir. No recuperarse, no relajarse, no avanzar. Solo aguantar.

Señales habituales de cortisol alto
No hablo de diagnósticos médicos, sino de señales que se repiten mucho en las mujeres que entrenan conmigo:
Cansancio constante aunque duerman. Dificultad para desconectar. Ansiedad por la comida, sobre todo al final del día. Sensación de estar siempre tensas, incluso en momentos tranquilos.
Muchas también me dicen que entrenan, pero no notan mejoras. O que cuanto más intentan controlarlo todo, peor se sienten. Y aquí es donde suele aparecer la frustración.
Cómo bajar el cortisol sin añadir más presión
Lo primero que quiero dejar claro es esto: bajar el cortisol no va de hacer más cosas. Muchas veces va justo de lo contrario. De bajar el nivel de exigencia y empezar a escuchar un poco más al cuerpo.
No hay una fórmula mágica, pero sí varios pilares que, bien combinados, ayudan mucho más de lo que pensamos.
Entrenar sí, pero cómo entrenas importa
El ejercicio bien planteado ayuda a regular el cortisol. Pero el exceso de intensidad, la falta de descanso o entrenar desde el castigo pueden tener el efecto contrario.
Lo veo mucho: mujeres que llegan agotadas y piensan que la solución es entrenar más fuerte. Y en realidad su cuerpo lo que necesita es estructura, sesiones ajustadas y constancia sin machaque.
Entrenamientos de fuerza, sesiones no muy largas y bien organizadas suelen funcionar mucho mejor que entrenar a lo loco. El cuerpo necesita estímulo, sí, pero también seguridad.
Dormir mejor es entrenar mejor
Si me preguntas por el cambio más potente para empezar a notar alivio, casi siempre te diría el mismo: el descanso. No porque sea fácil, sino porque lo cambia todo.
Cuando duermes poco o duermes mal, tu cuerpo se mantiene en alerta. Y entonces pasa algo muy típico: entrenas con menos energía, comes peor porque tienes más hambre y menos paciencia, te cuesta regular emociones… y entras en un bucle que te agota.
Aquí no voy a soltarte el típico “duerme 8 horas y ya”. Hay mujeres con niños pequeños, con turnos, con ansiedad, con mil cosas. Pero sí hay dos o tres ajustes que suelen ayudar mucho:
Intenta acostarte y levantarte a horas parecidas, aunque no sea perfecto. Baja el ritmo la última hora del día (de verdad, no hace falta que sea un ritual precioso: basta con no seguir en modo pantalla y tareas). Y si puedes, deja el móvil fuera de la cama. No por postureo, sino porque el cerebro necesita señales claras de que ya hemos terminado.

Alimentación y ansiedad: lo que veo cada día
Otra cosa que se repite muchísimo es esto: mujeres que llegan a final del día con una mezcla de cansancio + hambre + ansiedad. Y ahí aparece la nevera, el picoteo, la culpa, el “¿qué me pasa?”.
Muchas veces no es falta de fuerza de voluntad. Es fisiología. Cuando has pasado el día con poco alimento, con estrés, con café para aguantar y con la cabeza a mil, el cuerpo pide energía rápida. Y la pide con urgencia.
Si quieres saber cómo bajar el cortisol, una parte importante es dejar de vivir en modo “tirar de reservas”. Comer suficiente, especialmente proteína, y repartir mejor las comidas suele marcar una diferencia enorme.
Yo lo he visto muchísimas veces con mis chicas del entrenamiento online: cuando empiezan a comer con más estructura (no perfecto, estructura), baja la ansiedad, duermen mejor y entrenan con más energía. No porque estén “haciendo dieta”, sino porque están alimentando un cuerpo que se estaba quedando corto.
Movimiento suave que también suma
Esto también quiero decirlo alto: no todo es entrenar fuerte. Si estás en una etapa de mucho estrés, tu cuerpo agradece movimiento que no sea un golpe más.
Caminar, hacer movilidad, estirar suave, una sesión de fuerza bien medida, respirar cinco minutos sin hacer nada más… todo eso manda al cuerpo un mensaje distinto: “estamos a salvo”.
Yo soy muy fan de lo simple. Un paseo de 20 minutos al día, aunque sea escuchando un pódcasts o mandando un audio, puede ser más regulador que una sesión intensa hecha con el cuerpo agotado.
Mi perspectiva como entrenadora: el estrés se nota en cómo entrenas
Hay algo que he aprendido entrenando mujeres durante años: el estrés se ve. Se ve en la postura, en la respiración, en la tensión del cuello, en las ganas de hacerlo todo “perfecto” y en la frustración cuando no sale.
Y también se ve en lo contrario: cuando una mujer empieza a cuidarse de verdad, no solo a exigirse, el cuerpo cambia. A veces no cambia en la báscula, pero cambia en energía, en ánimo, en sensación de control y bienestar.
Por eso, cuando hablamos de cortisol, a mí me gusta bajarlo a tierra. No se trata de perseguir una hormona como si fuera el enemigo. Se trata de revisar tu estilo de vida con honestidad y empezar por lo que sí está en tu mano.
Bajar el cortisol no va de hacerlo perfecto
Si tuviera que resumir todo este tema en una frase, sería esta: bajar el cortisol no va de sumar exigencia, va de restarla. De dejar de vivir en modo alerta y empezar a darle al cuerpo señales de calma.
Entrenar con cabeza, dormir un poco mejor, comer suficiente, moverte cada día y darte margen. No hace falta hacerlo todo a la vez. Empieza por una cosa. Sosténla una semana. Luego otra.
Y si te estás cuidando, pero te sientes desbordada, que sepas que es normal. No estás rota. Estás cansada. Y tu cuerpo te está pidiendo que lo escuches.
Si te apetece, puedes empezar por lo más sencillo: una rutina de fuerza bien medida y constante. Cuando el cuerpo se siente más fuerte, también se siente más seguro. Y eso, aunque no lo parezca, también ayuda a regular el estrés.
